Qué difícil se nos vuelve la crianza a veces, qué intensa y qué cúmulo de emociones se nos disparan. Hasta que no somos madres y padres no nos hacemos una idea, hay que vivirlo para saber lo que es. Parece que nuestros hijos nos saquen a veces nuestros demonios, nuestro lado más oscuro, te ves haciendo y diciendo cosas que jamás habías pensado que harías y dirías. Pues sí, así es, es un proceso habitual y muy terapéutico, los hijos (y la pareja) son tus grandes maestros, porque te hacen aflorar la sombra.

La SOMBRA es un concepto de acuñó el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung y hace referencia  a todos los aspectos ocultos o inconscientes de uno mismo, tanto positivos como negativos, que el ego ha reprimido y nunca ha reconocido. Es decir, es todo aquello que no reconocemos en nosotros mismos pero sí lo vemos reflejado en los demás.

El ojo puede verlo todo menos a sí mismo, necesitamos un espejo. Nuestra sombra la vemos reflejada en los demás, ellos nos hacen de espejo. A este mecanismo de proyectar nuestra sombra en los demás se le llama PROYECCIÓN.

Todos los aspectos que vemos en los demás, que no podemos soportar, que nos remueven nuestras emociones y sensaciones más profundas forman parte de nuestra sombra, son todo aquello que no nos permitimos ser, abrazar o amar.

Para conocernos y amarnos de forma completa  a nosotros mismos  debemos conocer, aceptar e integrar nuestra sombra. Nuestros familiares, amigos, pareja y sobre todo nuestros hijos son las personas en las que más nos proyectamos. Los niños y adolescentes son expertos en mostrar actitudes que nos hacen despertar nuestro lado oculto. Saben sacar a relucir nuestros miedos, limitaciones y densidades.  Nos retan, nos muestran actitudes que no soportamos.

 ¿Pero, cómo empezó todo?

Cuando tú fuiste una niña o niño había cosas que hacías que tus padres no podían soportar y te reñían, te hacían callar, te castigaban, etc. Esas actitudes y formas de responder las fuiste reprimiendo porque sabías que te iban a causar daño y llegaste a pensar que eran muy malas, ya que las personas más importantes y sabias para ti en ese momento, te lo decían. Todos esos aspectos que reprimiste a la fuerza, forman tu sombra, y para poder verlos empezaste a proyectarlos en los demás, al igual que tus padres los proyectaban en ti. También reprimimos conductas con otros familiares cercanos y en el colegio. Con esto no pretendo echar la culpa a los padres, ellos lo hicieron lo mejor que pudieron y supieron, al igual que lo haces tú.

Os pongo un par de ejemplos muy claros:

“Una niña muy movida, intensa, rebelde, que expresa sus opiniones de forma muy vehemente y que contesta fuerte. Puede ser que esa forma de ser moleste a sus padres y familiares y  le digan de forma recurrente que las niñas tienen que ser más suaves, calmadas, buenas, las niñas no son agresivas. Ella va a ir reprimiendo esa faceta suya, que no es buena ni mala, sino que simplemente forma parte de ella y debe integrarla y reconocerla como el resto de facetas que tiene, pero la reprime y la olvida. Cuando es adulta puede que establezca relaciones en las que el otro responda de forma agresiva, puede que sus hijos también lo sean y peguen o muerdan a otros niños. Ella está proyectando esos aspectos que un día reprimió, no lo quiere ver en ella misma y cuando lo ve en los demás no lo puede soportar. Su proceso terapéutico empieza cuando se da cuenta que ella también tiene esa conducta agresiva, y no pasa nada. La agresividad tiene detrás emociones como la ira, la frustración y el dolor y hay que reconocerlas para poder sanarlas y para poder canalizar la conducta agresiva de forma positiva, es decir, no dañando a los demás.”

“Otro ejemplo, puede ser un niño muy tranquilo al que le gusta estar sin hacer nada todo el día, sus padres le etiquetan como “vago” y le exigen que haga cosas para ser “alguien”, todo de forma recurrente y diaria. Este niño, de adulto, puede que odie a las personas que no hacen nada y que sea un adicto al trabajo”.

Volviendo a la idea que os quiero hacer llegar, nuestros hijos son unos expertos en hacernos ver nuestros lados ocultos y reprimidos. También lo es nuestra pareja, de hecho, no hace falta que vayamos a buscar maestros espirituales muy lejos, ya convivimos con ellos. La vida, por sí misma, es terapéutica, nos pone y nos quita en cada momento aquello necesario para nuestro desarrollo y nuestra evolución.

¿Cómo sé cuando estoy proyectando mi sombra?

Es muy fácil de ver pero muy difícil de creer y de aceptar. Todo aquello que ves en los demás que no puedes soportar, que odias, que te “pone de los nervios” y te hace estallar, eso es tu sombra. No son aspectos que no nos gustan pero controlamos nuestras emociones y reacciones al verlos, son aquellas cosas que nos mueven las entrañas. Yo puedo ver que mi hijo pega y muerde pero no me molesta  tanto, le corrijo porque no es una conducta adecuada, pero lo hago de forma positiva, no me pongo alterada. ¿Entendéis la diferencia?

Una vez que soy capaz de ver mi sombra, ¿qué puedo hacer?

Lo primero es ser capaz de observarla sin reaccionar de forma intensa, observar las emociones que me suscita, si la conducta necesita que actúe lo hago, pero no desde una reacción automática. No debemos huir del momento, no juzgarlo, simplemente observar y sentir qué está pasando en nuestro cuerpo en ese momento presente, ¿sentimos un nudo en el estómago, en la garganta? ¿presión en alguna parte del cuerpo? Respira esa emoción hasta que desaparece. La sensación va perdiendo fuerza y se transforma. Trasciende y seguramente se elimina el malestar. Sé que es difícil de creer y de hacer. Comprobadlo por vosotros mismos. No es algo instantáneo, hay que ir haciéndolo cada vez que aparece la conducta que tanto nos molesta.

Os enlazamos dos libros que nos resultan de interés al respecto.

Emocionario, di lo que sientes” y  “De mayor quiero ser feliz“.

Jung dijo: “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Meritxell Blasco Pardos

 Guía Montessori para niños de 3 a 6 años. Formación AMI y psicología.

 

 

 


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