El adulto que está cerca de un niño le enseña con los conocimientos que tiene pero le educa con la persona que es. No importa todos los conocimientos que tengas si no te sirven para ser mejor persona.

Alrededor de la vida de un niño hay muchos adultos, tanto en su familia como en otros ámbitos sociales. En relación con su educación los más significativos son los padres , otros familiares y los maestros. Podría dividir el rol de cada uno de ellos pero voy a hablar en general del papel que puede desempeñar un adulto que se ocupa de la educación de un niño/a desde la pedagogía Montessori, ya sea en el hogar o en una escuela.

“La verdadera preparación para la educación es el estudio de uno mismo. El entrenamiento de la maestra que ayudará a la vida es mucho más que el aprender ideas. Incluye el entrenamiento del carácter; es una preparación del espíritu.” Montessori, María. La mente absorbente. (p.20)

Criar, educar, enseñar y/o acompañar a niños/as es una gran responsabilidad, es algo que sabemos las personas que estamos a cargo de ellos, y si no lo sabemos tenemos que empezar ya a interiorizarlo. Desde la pedagogía Montessori damos mucha importancia a la formación personal del adulto que acompaña a los niños/as. Debe, como primer requisito, conocerse  así mismo, conocer sus luces y sus sombras, debe ser una persona que ha pasado por procesos de crecimiento personal y está en continúa observación de sí mismo. La preparación espiritual del adulto es lo que le va a permitir estar en contacto real con los niños/as y será a través de ellos que los adultos se enfrentan a sus sombras y las sacan a la luz de la consciencia. Pueden, a través de la interacción con los niños/as, observar esos aspectos ocultos y no aceptados, aceptarlos e integrarlos en su persona para sanar.

 

El adulto necesita de mucha humildad, no se sitúa por encima del niño, sino a su lado, ya que somos lo mismo. Debe controlar dos cosas, su orgullo y su ira.

El orgullo es la necesidad de ser reconocido por los demás y está íntimamente ligado con el sentido de posesión ( son mis hijos, mis alumnos, mi pareja..) Provoca ira cuando los deseos no se cumplen y cuando la persona quiere ser reconocida por algo y no lo es. El adulto orgulloso exige respeto y esto genera miedo en los niños. El miedo a los padres o maestros es un componente dañino. Si los niños/as asocian respeto con miedo no llegan a comprender el sentido real del respeto, aprender a actuar por miedo a las consecuencias conlleva que  no interiorizan nunca que el respeto es algo que sentimos y hacemos para conservar el bien común, respeto a uno mismo, a los demás y al ambiente que nos rodea. Y deben entender que no respetamos por miedo sino por el placer y la calma que se siente al conservar un ambiente de paz allá donde vivamos. En Montessori no deben aplicarse castigos ni asociar el respeto con la autoridad.

 

El orgullo se manifiesta  a través de las tres E:

  • Extensión: Cuando el adulto piensa en el niño como una prolongación de sí mismo, no lo reconocer como un ser independiente.
  • Expectativas: Lo que el adulto espera del niño. Hay un montón de expectativas hacia los niños incluso antes de que nazcan, esto crea muchos problemas.
  • Explotación: Cuando el adulto pone sus deseos sobre el niño y le obliga a hacer cosas que el niño no quiere pero el adulto piensa que son buenas para él, como hacer determinadas actividades extra escolares. El adulto que explota a un niño es un tirano. (definición de tirano, que abusa de su poder, superioridad o fuerza y domina a otras personas)

Podemos clasificar en 3 tipos de adulto en lo referente a la autoridad:

  • Adulto autoritario: Es aquel que impone su autoridad desde afuera sin tener en cuenta los deseos del niño. Suele ser un adulto tirano porque explota a los niños.
  • Adulto autoritativo: Promueve la autodisciplina del niño y está atento a sus necesidades de desarrollo. Reconoce que el niño es un ser en sí mismo con su guía interna. Es el modelo que seguimos en Montessori.
  • Adulto permisivo: Deja que el niño de rienda suelta a sus impulsos incontrolables causando daño a sí mismo y a los demás. El niño reconoce que no hay límites.

La ira viene de la ignorancia sobre las necesidades del niño. Cuando el adulto no conoce las necesidades evolutivas de los niños que le rodean se enfada cuando ve que hacen cosas que él no entiende, y le parece que están haciendo barbaridades cuando simplemente están siguiendo su propio desarrollo. Debemos estar muy conscientes de esto para manejar nuestra ira con los niños.

 

Preparación práctica de la guía

Lo siguiente nos sirve tanto si vamos a trabajar como guías Montessori, como mamás de día o con nuestros propios hijos si queremos aplicar Montessori en el hogar.

La guía:

  • Conoce todo el material y la forma de mostrárselo al niño. (Las presentaciones)
  • Sabe respetar y alentar las repeticiones que hace el niño.
  • No corrige al niño. Lo que no está listo para ver no lo ve, y lo que no está listo para hacer no lo hace, no sirve de nada corregirlo.
  • Sabe poner los límites del ambiente para que los niños se sientan seguros.
  • Se enfoca en el respeto a las personas y los materiales dentro del ambiente.
  • Se comporta como un modelo a seguir.
  • No da premios ni castigos.
  • Observa al niño todos los días.
  • Custodia la concentración del niño, no le interrumpe cuando está haciendo algo, ni deja que los demás lo hagan.
  • Sabe intervenir sin interferir.
  • Sabe manejar conflictos.
  • Sabe seguir al niño.
  • Mantiene el ambiente limpio, ordenado y sencillo; y ella misma se muestra limpia y sencilla.
  • Su voz es amistosa y gentil pero cuando es necesario autoritativa.
  • Permite al niño la libre elección de su trabajo, puesto que sólo a través de observar lo que elige puede darse cuenta en qué periodo sensitivo está.

“Somos los guías para estos viajeros haciendo su entrada en el mundo intelectual y les ayudamos a evitar desperdiciar su tiempo y fuerzas en asuntos inútiles” Montessori, María. The discovery of the child, p. 166

La guía Montessori llegará a la madurez de su trabajo cuando en su ambiente los niños trabajen como si ella no existiera. Primero prepara, mantiene y enriquece el ambiente, después vincula al niño con éste y le invita a usarlo para después retirarse cuando ve el momento adecuado, siempre estando cerca por si el niño le pide ayuda.

“Esto es entonces el primer deber de un educador: sacar adelante la vida y después dejarla libre para desarrollarse” Montessori, María. The discovery of the child, p. 113

Me gustaría terminar con unas palabras de Rebeca Wild que resumen muy bien todo lo que he querido expresar:

“No hay nadie que se porte mal que se sienta bien y nadie que se sienta bien y se porte mal. Nuestra tarea de educadores no es pues la de “predicar el bien”, sino de vivirlo, de ser modelo de respeto y de tomar contacto con nuestra propia capacidad de amar, de aprender a sentirnos bien para así portarnos bien, ya que los padres somos el primer ambiente preparado para los niños. A partir de esta realidad podemos crear condiciones adecuadas en las cuales los niños se sientan bien, se sientan respetados y no tengan que ocultar sus necesidades.” Wild, Rebeca. La moral en el niño. Quito, Fundación educativa Pestalozzi, Boletín nº 16, Junio 1991.

Por Meritxell Blasco Pardos

 Guía Montessori para niños de 3 a 6 años. Formación AMI y psicología.


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